
En el pésaj (pascua judía) o "fiesta del paso" los hijos de Israel conmemoran su escape al cautiverio en manos de los egipcios.
Una inmensa muchedumbre de gente de toda clase y grandes rebaños de ovejas y vacas atraviesa el Mar Rojo huyendo del Faraón.
Los huevos pascuales sobre la mesa en esta celebración simbolizan
el duro corazón del mandatario egipcio que no dejaba salir al pueblo hebreo.
En la pascua de resurrección cristiana un semi-hombre o semi-dios se levanta de su lecho de muerte y ya no hubo otro en la historia. Razón más que evidente para conmemorar.
Los cristianos tomaron la idea del huevo de sus antecesores y la transformaron en metáfora universal de la nueva vida.
A mí me gusta la palabra latina para nombrarla: " pascae" y la celebro usando cuatro completitos días de corrido no hábiles para pendular entre familia y amigas, entre gente que quiero. Me sobran planes pero no importa, me las voy a arreglar.
El deseo menos importante para estas pascuas tiene que ver con abrir un huevo y que adentro, como la medallita azul que mi tía puso para mí una vez dentro de un huevo de chocolate hecho por ella (tengo una tía que es lo más), aparezca una escena: escribo un poema sin preguntas, rodeado de confites, es pura respuesta. Un interior ochenta porciento aire, resolutivo y crucial.
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